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La Coctelera

Un ángel derrotado

La derrota de Satanás en el Calvario
'“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado.” Juan .8:14.
“Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre, ellos en la cruz.” Col. 2:15.
“Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios, y al autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.” (Apoc. 12:10,11.)

No puede haber una victoria permanente en las vidas de los hijos de Dios hasta que ellos puedan ver y apreciar el hecho de que Satanás fue derrotado en la cruz del Calvario. La Iglesia de Dios, como una unidad, no puede enfrentarse a la oleada satánica con la que es atacada si no aprende primero a someterse al poder y la victoria que el Calvario nos da en el claro testimonio de la derrota del diablo. La Iglesia de Dios se encuentra en su última batalla y esto quiere decir un último conflicto con Satanás. Darle frente a este conflicto desde otro punto de vista que no sea el Calvario, es evitar un desastre. De ahí la necesidad del más claro entendimiento posible de cómo el cristiano puede ejercer autoridad para obtener la victoria sobre la invasión satánica como se está manifestando en los días de hoy. Alrededor nuestro vemos los poderes satánicos creciendo, amenazando arrasar con todo lo que encuentra a su paso. Podemos ver la inquietud de las naciones. Los asuntos cosmo-politas están fuera de control y los hombres perplejos en cuanto a lo que va a suceder.
En el mundo religioso vemos el mismo crecimiento de este poder que amenaza y pone en peligro hasta el mismo fundamento de nuestra fe. Mientras tanto, está preparando un ejército de vencedores, los cuales serán instrumentos en las manos del Espíritu Santo para detener el torrente de poder satánico que está siendo derramado en el mundo en estos últimos días. “... porque vendrá el enemigo como rió, más el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él.” (Isaías 59:19). Cuando el torrente amenaza con arrasarlo todo entonces Dios interviene. ¿Cómo lo detiene? ¿Qué métodos usa?
En II de Tesalonicenses 2:7,8, leemos: “Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quién el Señor matará con el resplandor de su venida.” ¿Quién es Aquél que detiene esta fuerza maligna, sino el mismo Espíritu Santo? Pero, ¿cuál es esta bandera que el Espíritu Santo levantará contra el enemigo? ¡El Calvario! El hecho de que Satanás fue derrotado en la cruz del Calvario tiene que ser entendido, apropiado y abiertamente proclamado. Hay una cantidad considerable de incertidumbre en las MENTES DE MUCHOS de los hijos de Dios en lo que a este importante hecho se refiere. Si la bandera de la Cruz, como el instrumento de derrota de Satanás, ha de ser levantada, tenemos que tener un claro concepto de su significado en nuestras mentes. Busquemos en la Palabra de Dios y veamos que nos dice sobre la derrota de Satanás en la Cruz del Calvario.
En Hebreos 2:14,15 podemos ver que la Cruz ha destruido el poder de Satanás sobre el hombre: “... para destruir por medio de la muerte al que tenla el imperio de la muerte, esto es, al diablo.” DESTRUIRLO. ¿Podríamos pronunciar algo más fuerte que esto? En el griego esta palabra significa “dejar sin poder, o ponerlo fuera de acción.” Entonces ¿por qué es que Satanás continúa tan activo? ¿Por qué los santos no se han apropiado de este hecho, ni aplican el mismo a su necesidad? Jesucristo ha rescatado todas las almas del poder del diablo, pero este hecho tiene que ser proclamado y puesto en acción por medio de una fe viva, ¡CUAN GRANDE RESPONSABILIDAD PESA SOBRE NOSOTROS!
SATANÁS—EL USURPADOR
Después del Calvario, Satanás ha sido un usurpador. No tiene ningún derecho. Pero ¿nos hemos dado cuenta de lo que esto significa? Si él no tiene ningún derecho, entonces cualquier posición que él tenga la mantiene como un usurpador... un proscrito, un bandito. Y como es un usurpador, él puede ser resistido dondequiera que su poder se deje sentir o se manifieste. Él no tiene derecho a ninguna vida, ningún lugar, ninguna organización. Y no solamente esto, sino que es nuestro deber oponernos a él. Dejarlo sin desafiarlo es como robar a Jesús de aquello por lo cual murió en la cruz. El no proclamar la derrota del diablo es también robar a los hombres de aquello que tanto han anhelado: la oportunidad de romper todas las ligaduras del enemigo. El no comprender esta verdad claramente es la causa de la falta de entusiasmo y labor agresiva para ganar las almas perdidas. Es también la causa de la pasividad de muchos creyentes espirituales en cuanto a los males que existen en el mundo. Si el Calvario representa la derrota de Satanás, ¿por que le es permitido engañarnos con las falsas enseñanzas del Modernismo y las falsificaciones del Espiritismo ?
Satanás le teme a este aspecto de la Cruz más que a cualquier otro. Él sabe que una vez que los santos completamente entiendan hasta cual grado la Cruz le ha robado el poder al diablo, desde esa misma hora su caída será rápida y segura. Por esto él ha hecho todo lo posible por esconder el verdadero significado del Calvario, ridiculizándolo, falsificándolo, usando todos los medios a su alcance para impedir que la Iglesia realice su labor espiritual.
El diablo no puede ocultarle la verdad al creyente, pero si puede causar que el creyente sólo medite en esta victoria en vez de lleno, por fe, en una experiencia práctica por medio del sometimiento al poder del Espíritu Santo.
Si quieres mantenerte libre de las ataduras del diablo, desciende profundamente a la tumba de de Cristo. Satanás es un enemigo derrotado, pero sólo hay un lugar donde este hecho puede hacerse una realidad permanente en la vida del creyente, y ese lugar es la muerte de Cristo. “Sepultado con él.” El diablo no te puede seguir allí —te pierda para siempre. La Cruz nos separa de todas las cosas que el diablo puede usar para poseeros.
—Autor desconocido
—Traducción: Juan R. Rubio

Con fe todo es posible solo cree...

El amor de Dios

El Amor de Dios - Juan 15:13
El amor de Dios por nosotros, por Su enemistada creación, está representado gráficamente en el sacrificio que Él hizo por nosotros. "Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos" (Juan 15:13).

Jesucristo es el único y eterno Hijo de Dios.1 Es el Alfa y el Omega,2 el Gran YO SOY,3 el "Dios Todopoderoso"4 por el cual fueron creadas todas las cosas5 y en él todas las cosas subsisten.6 Jesús, quien es la cabeza de todas las cosas,7 se humilló a sí mismo de tal manera, que la mente humana ni siquiera puede soportar el pensar en ello. El vino a este mundo maldito por el pecado y compartió activamente nuestros sufrimientos. Tal como somos hechos de carne y sangre, así participó Él de lo mismo.8 Fue hecho carne y habitó entre nosotros.9 Compartió los sufrimientos que acarreamos sobre nosotros mismos al rechazar Sus santos preceptos.10 Y como si eso no fuera suficiente para convencernos de Su amor y preocupación por nosotros, Jesús, el Dios inmortal y Dador de la Vida, se dio a sí mismo en la cruz ¡en el mayor acto de amor que el mundo ha conocido jamás! Al hacer esto nos libró de nuestros pecados, eficazmente clavándolos consigo mismo en la cruz. De esta manera, Él, que no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros11 y Él, quien dio vida a todos, gustó la muerte por aquellos condenados a morir.12

El Amor de Dios - Porque de tal manera amó Dios al Mundo
¡Dios es amor! "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a Su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él (Juan 3:16-17). Jesucristo amó tanto al mundo que se dio a Sí mismo por él, desde Sus derechos y privilegios como Hijo único y eterno de Dios, ¡hasta Su propia vida! Si usted desea ver el amor de Dios, mire la cruz. "En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: En que Dios envió a Su Hijo unigénito, para que vivamos por Él. En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a Su Hijo en propiciación por nuestros pecados" (1a de Juan 4:9-10). "Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 6:23).

El Amor de Dios - ¡Es para Usted!
El amor de Dios nos ha sido revelado y ahora Él está a la puerta y llama.13 Depende de cada individuo el buscar una relación personal con Dios, o el rechazarlo rotundamente. La única barrera entre nosotros y el amor de Dios es nuestro libre albedrío y Jesucristo es la puerta.14 "Jesús respondió: ´Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre si no por Mí´" (Juan 14:6). La salvación es un regalo gratis comprado y pagado con la sangre de Cristo. No hay otro camino. "…No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, ¡entonces por demás murió Cristo!" (Gálatas 2:21). Usted no puede ganarse el perdón de Dios a través de buenas obras. ¿Cómo podría el hacer las buenas obras, que usted debería haber hecho toda la vida, compensar las incontables veces que ha fallado? Dios no es tonto. Aunque "amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá delante de Mí…" (Jeremías 2:22).

Una vez un hombre cayó de rodillas delante de Cristo y le rogó: "Si quieres, puedes limpiarme." Cristo, "teniendo misericordia" respondió: "Quiero, sé limpio" (Marcos 1:40-41). Nosotros también podemos caer de rodillas y reconocer la única provisión de Dios para nuestros pecados. Nosotros también podemos oír: "Quiero, sé limpio." Cristo voluntariamente sufrió la justa indignación de Dios sobre sí mismo para que usted no tuviese que hacerlo; quienquiera que acepte Su muerte sobre la cruz como pago por sus pecados, se reconciliará con Dios a quien ha ofendido. "Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo…Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él" (2da de Corintios 5:18-19, 21). ¿Aceptaría usted hoy el amor de Dios?

JESUS MI SALVADOR

“No es voluntad de vuestro Padre Celestial que se pierda uno solo de estos pequeños” (Mt 18, 14)

La Voluntad de Dios es que todos nos salvemos, que imitemos a Jesús en nuestra vida diaria, que cumplamos su santa y perfecta voluntad, que veamos su Providencia en el tiempo presente y que amemos a nuestro prójimo como Él nos ama. Cuando preferimos nuestra voluntad a la suya, pecamos o debilitamos nuestra propia voluntad.

Por su vida, muerte y resurrección, Jesús nos mereció el que el Espíritu Santo habite en nosotros y, por la gracia de este Espíritu, somos capaces de alzarnos por encima de nuestra voluntad y nuestros deseos y vivir en la Suya, en su Paz y en su Amor.

Vemos que hay dos factores que actúan en la salvación: Dios y nosotros.

La voluntad de Dios
a. La Voluntad del Padre es que todos nos salvemos.

b. Jesús obtuvo dicha salvación derramando su preciosa sangre.

c. El Espíritu colma nuestra alma de gracia, dones y frutos para santificarnos.

Nuestra cooperación
a. Debemos querer ser salvados y usar este deseo para cumplir la voluntad del Padre.

b. Debemos hacer uso de los frutos de la Redención arrepintiéndonos de nuestros pecados, recibiendo la Eucaristía, el Bautismo, la Confesión, la Confirmación y los demás sacramentos que nuestro estado de vida requieran.

c. Debemos ser fieles a la Iglesia, crecer en la Fe, la Esperanza y el Amor, cambiar nuestras vidas y hacer que Jesús sea conocido como Señor por nuestra vida de santidad.

La Trinidad desea que cada uno de nosotros se salve. Pero a menos que aceptemos dicha salvación por medio de un humilde arrepentimiento y una amorosa adhesión a su voluntad, no podremos obtenerla.

El único pecado del cual Jesús afirma que no puede ser perdonado es el de no admitir nuestras faltas delante de Dios. Dios no puede perdonar a un pecador que no reconoce su pecado. Existen ahí dos voluntades opuestas: Dios requiere el arrepentimiento de tal forma que pueda perdonar, mientras el pecador rechaza admitir que tiene algo que deba ser perdonado. Se crea entonces un aislamiento espiritual que puede acabar en el rechazo eterno de Dios por parte del alma.

Muchos piensan que la aceptación de Jesús como nuestro salvador es suficiente para ser salvados, pero Jesús mismo asegura lo contrario: “No todo el que me diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre Celestial.”(Mt 7, 21-22) Aquí encontramos una condición necesaria para la salvación y esa condición consiste en que debemos hacer la voluntad del Padre.

Debemos estar firmes en esa Voluntad cuando seamos llamados porque Jesús mismo nos recuerda que “aquel que persevere se salvará” (Mt 10, 22) No debemos presumir con respecto a nuestra salvación. No podemos posponer nuestro cambio de vida para mañana o para la adultez, porque quizás no haya un mañana. Jesús murió por nuestros pecados, pero esa muerte no nos dio licencia para pecar. Su muerte nos hizo merecedores de llevar su mismo Espíritu en nuestras almas. Esta residencia nos hace Templos de Dios. Llevamos su Divina Presencia en nosotros a donde vayamos. San Pablo les dijo a los Corintios: “Examinaos vosotros mismos si estáis en la fe. Probaos vosotros mismos. ¿No reconocéis que Jesucristo está en vosotros? A no ser que os encontréis ya reprobados.” (2 Cor 13, 5)

El pecado profana el Templo de nuestras almas. Hace de ella una “cueva de ladrones”. Aquel que mantenga una vida de pecado y a la vez confiese que Jesús es el Señor, es un hipócrita, porque Jesús no es Señor de un Templo de cuyo Umbral brota maldad, y eso es una blasfemia.

La Gracia de Dios se muestra perfecta en la debilidad. Por ello, nunca debemos temerle a la nuestra. De hecho, esta debilidad determinará de qué forma daremos gloria a Dios por toda la eternidad. Mientras más nos despojemos de aquellas debilidades y formas que no corresponden a Cristo, más semejantes nos hacemos a Él. Este es el proceso de la santidad, un constante crecer por medio de un rápido y humilde arrepentimiento. El verdadero cristiano tiene la certeza moral de que la misericordia de Dios siempre estará a su alcance. Sabe que Dios es su Padre y que este amoroso Padre hará todo lo que está en sus manos para reservarle un lugar a su hijo en su Reino. El aspecto incierto de la salvación no está en la parte de Dios, sino en la parte de la criatura.

Debemos tener una esperanza a prueba de todo en la misericordia de Dios para con nosotros y una actitud humilde de corazón que prudentemente desconfía de uno mismo. El conocimiento personal nos hace comprender que es necesario ser vigilantes y San Pedro nos advierte: “Sed sobrios y velad, porque vuestro enemigo el Diablo ronda como león rugiente buscando a quien devorar.” (1 Pe 5, 8)

Pedro sabía por su propia experiencia que incluso después de haber confesado con sus labios que Jesús era el Hijo de Dios, incluso después de haber estado con él, de haber recibido las llaves del Reino, aún era posible caer en lo más profundo del abismo. Si no hubiera sido por su corazón amoroso y arrepentido, Pedro hubiera acabado como Judas. A través de las Escrituras vemos esta santa y prudente cautela acompañada de una profunda confianza en Dios como Padre misericordioso. Dios y el alma cooperan juntos y se vuelven uno solo en mente y corazón.

Creer que uno puede seguir viviendo una vida pecaminosa y ser salvado por un aparente servicio de la boca para afuera es una ilusión. Jesús nos advierte de eso cuando nos dice: “Muchos falsos profetas surgirán, y engañarán a muchos, pero aquel que persevere hasta el fin, ese se salvará” (Mt 24, 13-14) Encontramos en estas palabras la necesidad de no sucumbir ante los falsos profetas de nuestros días ni ante la promesa de la salvación al final de nuestros días.

La palabra “salvación” significa “ser salvado de, ser liberado de”. Esto es lo que Jesús nos ha obtenido por su muerte y resurrección. El poder de su Espíritu nos ha fortalecido con la gracia para poder mantenernos firmes ante los ataques del enemigo, elevarnos por encima de nuestros deseos mundanos y vencer nuestras debilidades. Jesús nos ha reconciliado con el Padre. Somos un pueblo perdonado, un pueblo que pertenece a Dios en una relación de filiación-paternidad. Su hogar es nuestro hogar, su amor nuestro amor, su misericordia la nuestra. Todo lo que Él es por naturaleza nos lo da por la gracia y esto nos hace elevarnos sobre todo lo que teníamos antes de la Redención porque ahora somos herederos del Reino, hijos de Dios, hijos del Padre.

Todo esto constituye nuestra salvación aquí y ahora. Ésta culmina con nuestra entrada en el Reino en donde seremos felices para siempre junto con la Trinidad. La salvación es una experiencia de crecimiento, un constante cambiar de actitudes, ideas, metas y deseos, es ser conscientes de las realidades invisibles, es una vida de fe en sus promesas, esperanza en su gracia y amor a nuestros hermanos.

La salvación no es un boleto al cielo que se usa en el momento de la muerte. Un alma no puede seguir su rumbo, alejada de Dios, apartada de Su Espíritu, y luego repentinamente ser cogida entre los brazos de Dios por una fe que no dio frutos. Las conversiones de último minuto son posibles, pero es atrevido y presumido dejar a un lado la vida cristiana hasta ese momento.

Cada momento de nuestra vida es sumamente importante y vemos que San Pablo usa cada ocasión para acrecentar en él la gracia y asegurarse la salvación. En una ocasión llegaron a sus oídos quejas de que había algunos que predicaban la Buena Nueva buscando su propia glorificación. Pablo respondió a esta queja con humilde paciencia, su respuesta fue que estaba feliz de escuchar que Cristo se proclamaba por todas partes sin importar cual fuera el motivo “porque yo sé que esto servirá para mi salvación gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el Espíritu de Jesucristo.” (Fil 1, 18-19) Para Pablo su salvación era un cambio de vida y ese cambio se continuaba en cada minuto de su existencia.

La necesidad de perseverar en nuestra búsqueda de la salvación fue puesta muy en claro por Jesús. Una vez se puso a explicar la condición de un hombre que había sido liberado de algunos espíritus impuros, su alma se hallaba en estado de gracia. Sin embargo, el espíritu inmundo, que alguna vez habitó en su alma, fue en busca de otros espíritus más despiadados que él y otra vez la conquistó. La presunción, la complacencia, y la negligencia habían abierto la puerta de modo que “este hombre acabó en una peor situación de la que estaba antes” (Lc 11, 24-26) Del mismo modo, en la parábola de la semilla Jesús nos muestra claramente como algunos oyen la palabra y la aceptan con alegría –la salvación ha entrado en sus corazones– pero las pruebas, la persecución, el dinero, las riquezas y las preocupaciones ahogan esta palabra y estos finalmente caen. (Mt 13, 18-23)
Una y otra vez Jesús repite la advertencia de perseverar hasta el final, hasta ese momento en el que nos llamará y en donde veremos los frutos que hemos dado. “Pero nosotros –les dice San Pablo a los hebreos– no somos cobardes para perdición, sino creyentes para salvación del alma” (Heb 10, 39)

San Juan le dijo a sus seguidores un día: “No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. En esto conoceremos que somos hijos de la verdad (…) porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.” (1 Jn 3, 18-22)

Aquellos que han aceptado la salvación que Jesús les ha obtenido deben ser libres, no de la tentación sino de la tiranía de este mundo, de la carne y del Demonio. Es la gracia la que nos da el coraje y la fortaleza para pelear consistentemente contra estos tres enemigos del alma. Mientras más crecemos en esta libertad, más nos conformamos con Jesús, somos luz en la oscuridad para que otros puedan ver, somos ciudadelas en la cima de las montañas llamando al pueblo de Dios a que se eleve a mayores alturas.

La fe nos permite ver a Dios en todo y en todos. La esperanza nos permite ver a Dios sacando bien de todas las cosas y el Amor nos hace capaces de responder al deber del momento con alegría. Esta es la salvación en acción, va trabajando y creciendo hasta que goce de la perfecta libertad de los hijos de Dios. Siempre está activa, y buscando la forma de fortalecerse porque la salvación es un estilo de vida.

La salvación hace que nuestras almas sean conscientes del amor de Dios. La vida tiene más significado porque ahora tiene un fin, las pruebas y las cruces no son ya misterios sino caricias del Señor Crucificado, la ambición mundana es cambiada por una sed y un hambre de santidad, las riquezas no son ya deseadas o acumuladas, porque ni la pobreza amarga ni la riqueza distrae al alma de su único amor.

Como Pablo, el alma es siempre consciente de que es solo “un vaso de barro” pero la Sangre de Jesús le ha dado un “poder que viene solo de Dios” (2 Cor 3, 7-11). Cuando un hombre del mundo observa a aquellos que han experimentado la libertad de la salvación, ve a un cristiano que casi siempre tiene “presiones por todos lados pero que nunca es aplastado, que no encuentra solución para su problemas pero que nunca desespera, perseguido pero nunca abandonado, azotado pero nunca muerto”. Sí, “porta en su cuerpo la muerte de Jesús de modo que la vida de Jesús pueda ser vista en su cuerpo”.

No hay duda de que Pablo se tomó el tema de su salvación seriamente y como algo de cada día. “De hecho, mientras vivimos, nos vemos condenados a muerte cada día, por el amor de Jesús, de modo que en nuestra carne mortal pueda ser mostrada luminosamente la vida de Jesús”.

Los cristianos de nuestros tiempos están llamados a mostrarle al mundo que le pertenecen a Dios, que Dios es su Padre. Y dan prueba de ello por “su fortaleza en los tiempos de dolor, en tiempos duros y de tensiones, por su pureza, por su sabiduría, por su paciencia, bondad y su espíritu de santidad”. Son verdaderamente libres porque están preparados “para el honor y la desgracia, el reproche o la alabanza, el éxito o el fracaso, la riqueza o la pobreza, la salud o la enfermedad”.

San Pedro nos dice que nuestra esperanza en Sus promesas es firme y que no debemos asombrarnos de que nuestra fe sea probada en el fuego (1 Pe 1, 3-9) “Estad seguros –dice– y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas”. Y tanto en Pedro como en Pablo encontramos una santa cautela: “Porque si, después de haberse alejado de la impureza del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se enredan nuevamente en ella y son vencidos, su postrera situación resulta peor que la primera.” (2 Pe 2, 20-22) Sabemos que la salvación, que es una activa participación en la gracia del Espíritu en nuestra vida diaria, es un don de Dios, Él nos comparte su Naturaleza Divina como un don gratuito, y espera que hagamos uso de otro don: nuestra libertad, y deliberadamente escojamos seguirlo, amarlo y preferirlo a Él antes que a nosotros. Él desea perdonarnos pero debe oír primero nuestro arrepentimiento y ver nuestros esfuerzos por cambiar.

San Juan pone por escrito ciertas condiciones que son necesarias de nuestra parte: (1 Jn)

1º Romper con el pecado. (Capítulos 1 y 3)

2º Guardar los mandamientos, especialmente el mandamiento del Amor. (Capítulos 2 y 3)

3º Desapegarse del mundo. (Capítulo 2)

4º Estar en guardia contra los falsos profetas. (Capítulos 2 y 3)

Esto puede generar la impresión de que el alma tiene que hacerlo todo, pero San Juan resuelve este dilema diciéndonos que si nosotros reconocemos nuestros pecados, fiel es Dios para perdonarnos porque Jesús mismo es el sacrificio que borra nuestros pecados. Nos dice que “podemos estar seguros de que estamos en Dios siempre y cuando vivamos la misma vida que vivió Jesús”. Nos asegura que nada de lo que el mundo tiene para ofrecer –un cuerpo sensual– a los ojos lascivos, o el orgullo en las posesiones puede venir de Dios sino solo del mundo”.

Para Juan, el discernimiento de los falsos profetas era un asunto sencillo. Él nos prometió que el Espíritu de Jesús en nosotros nos haría capaces de reconocer a esos falsos profetas porque “el mundo los escucha, pero nosotros somos hijos de Dios y aquellos que conocen a Dios nos oyen a nosotros, aquellos que son de Dios no se niegan a escuchar.” (1 Jn 4, 6)

¿Significa aquello que solo los cristianos nos salvaremos y entraremos en su Reino? No. La Santa Madre Iglesia ha enseñado siempre que a todo hombre se le ha dado la luz suficiente para entrar en el Reino, pero todos entrarán en él gracias a la Sangre de Jesús, porque pertenecer al alma de la Iglesia, y a su muerte, Dios los juzgará de acuerdo a la luz que poseyeron. No todos seremos juzgados con la misma vara, porque Jesús mismo nos aseguró que “aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes, el que no la conoce hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho, y a quien se confió mucho, se le pedirá más.” (Lc 12, 47-48) Aquí hay cuatro grados de luz dados por Dios a sus hijos y cada uno exige ciertos frutos. La persona que conocía a Dios y no hizo nada, la persona que no conocía a Dios, la persona a la que se le dio mucha luz, y el sacerdote o ministro a quien se le dio más de lo que necesitaba para que lo compartiera con los demás. Cada uno será juzgado de acuerdo con la luz que recibió y a la manera como la utilizó.

Pero Jesús no solo nos dijo que seríamos juzgados de distinta forma, también nos dio algunas condiciones definitivas para entrar en el Reino. Cada una de las siguientes condiciones fue proclamada de manera solemne para que fuéramos conscientes de la importancia de lo que se decía:

Proclamaciones solemnes
“En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.” (Jn 3, 5)

“En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.” (Jn 6, 53)

“Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.” (Mt 18, 3)

Estas proclamaciones solemnes nos muestran la necesidad de crecer constantemente en nuestra vida espiritual. Dios mismo influye en este crecimiento con su gracia y su presencia a través de los sacramentos, de los mandamientos, las Escrituras, y las buenas obras. Este cambio que nuestro prójimo percibe en nuestra vida diaria, manifiesta nuestra fe, nuestra esperanza y caridad. No necesitamos hablar ya de la salvación porque salta a la vista que hemos sido liberados de la tiranía del Enemigo, y por tal razón, gozamos de la libertad de los hijos de Dios, porque nuestras vidas encarnan el Amor y las virtudes de Jesús.

“La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos” (Jn 15, 8) Esta es la salvación en acción, esto es lo que separa a los hijos de la Luz de los hijos de las Tinieblas, este es el fruto que se cosecha de la Redención.

EL QUINTO ELEMENTO DE LA NATURALEZA